miércoles, 30 de noviembre de 2011
viernes, 25 de noviembre de 2011
Quirón (Los Monstruos)
_1994_
Era tan sencillo. Si aquella condenada niña pudiera entenderlo... El viejo Quirón se estaba impacientando, le quedaba tan poco tiempo y había tanto por hacer que la irrupción de la más pequeña de sus hijas lo había malhumorado. Pero, que demonios, al fin y al cabo su enfado, lo sabía bién, no se debía a la pregunta de la niña, sino a la estupidez de sus congéneres y del Consejo, negándose a tomar en cuenta sus advertencias. Además, la niña (no tan niña ya, apreció) se encontraba a punto de decidir si querría vivir su vida como yegua o como mujer; hablar con ella era una de las muchas cosas que le quedaban pendientes y aquel era tan buen momento como cualquier otro. Y ahora tendría que hacerle comprender lo que ya había tratado de explicar al resto aquella noche.
- Padre, ¿es cierto que vas a morir?
Aquella era, lo sabía, la pregunta que circulaba por toda la llanura. Se arrepentía ahora de haberlo anunciado aunque, ¿qué otra forma había de advertir a su gente?. El aviso había sido, como sospechara, inútil. Pero la pregunta le había hecho evocar, a su pesar, al hombre Heracles acercándose a él y haciéndole sentirse, como otras veces le había sucedido con los mortales, torpe y tosco en su enorme cuerpo de caballo. Conocía ya el frío que lo asaltaría cuando sintiese la flecha hiriéndole y anunciando el momento del fin, tan próximo.
- Mira niña — se le había vuelto a olvidar el nombre de su hija, algo demasiado frecuente en los últimos tiempos — nuestro momento ha pasado, es la hora en que los hombres lo van a ocupar todo y no habrá ya sitio para nosotros en ninguna parte. Nos vamos a convertir en monstruos. Y sí, voy a morir.
Todos vamos a morir, pensó, pero no veo por qué has de preocuparte tú por eso. Ya era bastante que tuviera que vivirlo. Al fin y al cabo a él no le había servido de mucho conocerlo, sólo que nadie se tomó la molestia de ser caritativo y ocultárselo. No sucederá lo mismo contigo.
- Pero, ¿Por qué hemos de convertirnos en monstruos?.
- Tú no, tú puedes elegir ser como ellos.
- Entonces, ¿son vuestros cuerpos...?
- Ay, hija — no conseguía recordar el maldito nombre — no, no son nuestros cuerpos los que nos convierten en monstruos. Si yo pudiera explicártelo... Ahora formamos un pueblo y la monstruosidad no existe. Cuando lleguen los hombres nos dispersaremos y seremos únicos, y será esa diferencia la que nos proscriba, la que les haga sentir miedo y nos convierta en monstruos. Nuestro carácter monstruoso se encuentra sólo en la mirada de los que nos ven distintos.
Pero no sería fácil que ella se librara y él lo sabía, no era necesario tener cuatro patas para ser distinto y producir miedo. Y tú eres tan terriblemente íntegra, hija mía.
- Padre, no quiero que mueras.
- Yo tampoco.
- Déjame ir contigo.
A vueltas con la ausencia
_1994_
Retorno siempre a los mismos lugares para abrazar tu fantasma, para buscar desesperado en mi cabeza, arrojando aquí y allá los momentos, inútiles, en los que no estás y rescatar pedacitos de tí donde enjugarme las lágrimas. Pero los sitios en los que estuvimos juntos, en esa memoria esperanzada que me asila y en la que me habitas, como el amigo invisible de un niño, esos sitios se me han muerto de no usarlos y me devuelven siempre a la realidad, hacia donde intento en vano arrastrarte, lo sabes, desde hace años. Y yo estoy triste y lloro.
De vuelta en mi habitación te veo tejiendo, de un lado a otro, toda la noche, hasta que me ahogo en tí, incapaz de soportar tu ausencia un solo instante más y, como esperabas, comienzo a esculpir tu rostro entre las sombras mientras lloro mordiendo las sábanas. Tu mano, tierna, juega entonces con mi pelo y tu cuerpo se pega al mío callado, quieto y hermoso. Maldigo al tiempo por serlo y arrebatarnos ese instante mientras nos consumimos, febriles, yo buscándote en tu cuerpo y tú dejando hacer, consciente de la superioridad que te otorga ser mentira. Hasta que me dejas de repente y me queda sólo la resaca de tu ausencia y lloro, y me muero, y nada parece ya capaz de rescatarme para la vida salvo la esperanza de que vengas a poblarme de nuevo. Yo siembro esa esperanza, como un tesoro precioso, y la riego y la abono, le hablo, la miro deseando verla crecer, por si es capaz de traerte hasta mí.
El día se me cae encima con tu ausencia acechando en cada rincón, inquieta, hasta que alguien cruza a mi lado y no puedo evitar dejarme atrapar de nuevo. Entonces me revuelco en la mierda, y me restriego bién, y me la como, tratando de convencerme de lo inútil de mi espera. Lo único que consigo es desearte más.
Me abalanzo sobre un papel y pongo tu ausencia allí, a ver si así me deja un rato, pero no sirve, como ya sabía, porque al verte así se me cae el alma al suelo de autocompasión. Quería poner te quiero y ven pronto y escribo yo estoy triste y lloro.
Entropía
_ 1998_
El ordenador me acaba de preguntar si estoy listo para comenzar a escribir. Supongo que es necesario ser tan estúpido como una máquina para hacer la pregunta adecuada. No solo no estoy preparado para comenzar a escribir sino que no lo estoy para nada.
Me da miedo utilizar las que, probablemente, son las palabras adecuadas. Durante demasiado tiempo he abusado de los adjetivos grandilocuentes y las hipérboles. Ahora, de pronto, mi vida se ha detenido, recorrida por el mismo hálito maléfico que invade el palacio de la bella durmiente.
Me he quedado permanentemente encerrado en una habitación de hospital. Las fotos de dos niños que sonrien recortados contra el follaje son las únicas ventanas abiertas a la vida; el resto del universo, atrapado entre esas paredes, se disgrega, deshaciendose con el ritmo preciso y terrible de un metrónomo.